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domingo, 8 de febrero de 2026

Mira, Héctor, ahorita no: Crónica de un domingo a medio usar.


Mira, Héctor, ahorita no, ¿sí?

Ni yo sola me aguanto.

Ayer, sábado, hice un dramón en un desayuno familiar. Dramón de esos que empiezan chiquitos y, de pronto, ya están sentados a la mesa para el desayuno, la comida y la cena.

Después, en la tarde, comí como si no hubiera un mañana. Compré de todo. De verdad, de todo: tostitos, esquites, Maruchan. Pensé en una coquita, pero ya era mucho. Hasta tres señoras se me acercaron a preguntarme cómo se llamaba eso que había comprado, porque se veía buenísimo.

Tres.

Si supieran que lo compré para comérmelo yo sola.

El resto del día fue una resaca silenciosa. No dije mucho, pero pensé demasiado. El desayuno familiar regresaba en loop mientras yo seguía masticando la escena, no la comida.

Me cambié de cuarto porque tenía calor. Dormí bien, eso sí. Profundo. Como si el cuerpo hubiera decidido apagarme.

La gata me despertó a las 6:30 a. m. No perdona.
A las 7:30, otra vez.
Le di desayuno.
A las 9:30 volví a abrir los ojos.
Llegó la otra, se acurrucó conmigo y nos dormimos hasta las 10:30.
Me desperté de nuevo a las 12.

A las 12, Héctor.

No me pasaba algo así desde la secundaria.

Por un lado, bien. Por el otro, el domingo ya no era domingo: era una cosa a medio usar.

No quise salir. Y también hacía mucho que no hacía eso. Me quedé en casa, sin explicación pública. Puse una lavadora. Cambié la sábana de la otra cama. Terminé una película. Me dormí otro ratito.

Luego desperté con un dolorón de cabeza. De esos que no sabes si son deshidratación, azúcar o conciencia.

Ya me bañé. Me puse la pijama limpia. Aquí estoy.

El desayuno sigue ahí, sentado en algún rincón del día, pero ya no grita. Solo mira.

¿Tú cómo ves, Héctor?


Macu.Kitschmacu

martes, 6 de mayo de 2025

Domingo de explorar un poco



Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Estimable lector, estimada lectora, en estos tiempos de modernidad, comunicación expedita y la producción incesante de mensajes que reflejan con humor lo cotidiano, lo singular y lo plural. Podrá usted tal vez sentir identificación (o no) con esta historia.

En mi caso, considero los fines de semana soleados una gran oportunidad para realizar algunas labores del hogar, específicamente gozo de aquellas que con singular alegría mi flamante lavadora se encarga de ejecutar de manera automática y con esfuerzos mínimos y concretos de mi parte.

Simbiosis perfecta de una muy avanzada revolución industrial.

El sol en un temprano zenit dominical, regalaba a esta orilla del mundo y a todos los que en este espacio convivimos un día cálido, gentil, generoso.

No resultó extraño pues, que esta ambientación hiciera nacer en mí un impulso arrebatador y contundente por iniciar la doméstica danza del agua fresca y un chapuzón felino.

Domingo de explorar un poco.

Comparto la vida con dos suaves versiones de linces del hogar, quienes suelen custodiar en hermandad y silencio entre cojines y sofás en esta nuestra casa. La furia ancestral de sus genes reposa como reina dormida, reina que resurge sagaz y presurosa, recobra su majestuosidad, presencia y poder al escuchar el susurro metálico de una lata de atún al abrirse.

Criaturas de zarpas suaves.

La primera señora del silencio rompió su pacto con él al sentir el inaugural cubetazo de agua fresca sobre su espalda felina, espacio destinado en exclusividad a las caricias humanas. Llegó el agua, el jabón y sobre el terciopelo que viste su piel apareció la espuma. Incluya usted a esta escena, apreciable lector, estimada lectora, los maullidos más prolongados, agudos y dramáticos que pueda imaginar o recordar según sea el caso, eso añadirá a esta narración el dramatismo que esta pluma sugiere, pero que usted sin duda sabrá colocar.

Rememorar el eco del jaguar fue natural para la segunda dueña del sigilo al iniciar la danza con el agua fresca, resignada ante el destino que sabía que tocaría a su puerta al ser testigo de la suerte de su compañera.

El sol gobernaba sin sombra, en el jardín las gatas, escurriendo agua y una historia recién vivida.

Hasta este punto, pensará usted, es esta una narración de un quehacer cotidiano postindustrial, digital si es que buscamos ser precisos en la línea de tiempo.

Quehacer exitoso, misión cumplida, de no ser porque estas dos pulcras hermanas felinas hoy reconocen en sí el esplendoroso olor a jabón neutro, a la par que desconocen el olor a gatitas, el olor a ellas mismas.

Entonces y pues, estimado lector, apreciable lectora. Escribo estas líneas entre ropa limpia por doblar y en espera franca y paciente en que la naturaleza de mis doncellas felinas recubra nuevamente con sus esencias propias y particulares su pelaje doméstico, que las hará reconocerse y reencontrarse.

Domingo de explorar un poco. 

Macu.Kitschmacu

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