
En confesiones de medianoche (o de medio día, o de media tarde, según el huso horario en el que usted, amable lector, decida desperdiciar su atención en estos textos), le cuento que —sin ánimos visibles, pero sí plausibles—:
Mis clases de pilates del día de hoy fueron fatales.
La maestra, impecable. La rutina, espectacular.
Yo y mis músculos, en franca disidencia.
No hice mucho, pero me duele todo. La fatalidad, entonces, no estaba en el objeto, sino en el sujeto.
Primera persona del singular. Siempre tan protagonista.
Entre todo eso que me duele —y otras dolencias más difíciles de estirar—, la cabeza ha sido constante.
¿Qué será?, me pregunto con una curiosidad que roza lo clínico.
Desfilan hipótesis: estrés, flojera, alimentación, sueño, hormonas, letargo, renuencia…
y, por supuesto, ese clásico de la mediana edad: existir.
Hoy también (o mañana, o dentro de un mes; usted sabrá cómo administrar este tiempo que yo claramente no administro), cumplí con lo mínimo indispensable en mis responsabilidades remuneradas.
De ocho a cinco.
El hoy, siempre tan perpetuo en mi interior cambiante, eligió —entre infinitas posibilidades— el taoísmo laboral.
Hacer lo justo. Y hacerlo con convicción filosófica.
Después del desastre físico (contrología, le llaman, con una fe que admiro), decidí cenar.
Quizá el dolor de cabeza fuese una baja de glucosa —hipótesis elegantemente ignorada en mi listado anterior—.
Así que me dirigí a un restaurante pequeño, ligeramente tugurioso, donde procedí a reponer, con entusiasmo y exceso, las calorías jamás gastadas.
Habrá notado, apreciable lector (lectora, si así lo prefiere), que no existe una secuencia cronológica lógica en este texto.
No ofreceré disculpas.
La coherencia está sobrevalorada.
Además, la vida tampoco se molesta en ordenar sus párrafos.
Mi gata duerme panza al techo mientras escribo esto, otorgando su vientre como ofrenda absoluta a los dioses del aire acondicionado y la vida sin responsabilidades.
Un referente moral, sin duda.
Sin más —y claramente con menos—, gracias por su interés en este texto profundamente irrelevante.
Les aprecio a la distancia.
Macu.Kitschmacu.
Pd. Recuerde usted, que todo lo anteriormente leído pudo haber sucedido en su hoy, pero ya no en el mio.
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