viernes, 19 de diciembre de 2025

El brevísimo arte de volver

 Suena un rap al fondo.

O algo que se le parece.
Nunca he sido buena para reconocer músicas; siempre me ha parecido que los instrumentos se disfrazan entre ellos.
Un clavicordio, una flauta dulce… ¿Quién puede saber?
Con los colores es distinto.
Ellos sí dicen la verdad.
Ellos no necesitan presentarse: uno los mira y entiende, aunque se parezcan, aunque brillen demasiado.

Pienso en eso mientras espero que den las ocho.
Hace frío y las luces navideñas hacen que la calle 42 respire distinto, como si quisiera sacudirse las prisas de todo el año.
La miro desde la ventana y me acuerdo de nosotros.
De cómo nos conocimos con esa torpeza bonita de las primeras veces.
De cómo nos fuimos olvidando, cada quien de a poquito, hasta que un día ya no nos reconocimos ni por la sombra.
Dos extraños unidos por el mismo miedo:
el miedo a que la soledad en compañía fuera la única forma posible de amor.

Qué locura cuando lo veo ahora.
Qué ilusión tan grande confundir eso con querer.

El camino de vuelta siempre es raro.
Al principio parece corto, pero pesa.
Después uno mira alrededor y siente que todos avanzan más rápido, más seguros, más felices, como si supieran adónde van y con quién.
Yo no.
Yo sólo sé que al final de cualquier distancia debería esperarnos la paz; una paz chiquita, tibia, de esas que caben en el hueco de la mano.

Pero, esa tibieza que empezó chiquita, luego va creciendo hasta ser tan suave, mullida y cómoda como una cobija invernal. Así es la paz creo. 

Son las ocho con veinticinco.
Escribo la hora como quien deja constancia de que estuvo aquí, aunque nadie pregunte.
Siempre escribo las horas… quizá para guiarme.

Afuera sigue haciendo frío.
Las luces titilan como si me hablaran bajito.
Y yo me pregunto —sin saber por qué— qué estaría haciendo este mismo día, a esta misma hora, el año pasado.
Y el otro.
Y hace veintisiete años.

Pienso si aquella versión de mí podría decirme algo.
Algo sencillo, algo que sepa con certeza.
Algo que me haga entender que  el corazón llega siempre a sus propias verdades.

Las propias, las únicas, las personales universales. 

En mi universo que soy yo. 

Macu.Kitschmacu. 


jueves, 18 de diciembre de 2025

El oficio de las palabras

 


Un cuento sobre el cansancio suave, la validación ajena y todas esas manos que opinan sobre nuestros colores sin haber visto jamás cómo late nuestro color por dentro. Entre licenciados, asistentes, correcciones y cambios caprichosos, se abre una rendija: la voz de una mujer que escribe para no perderse y que encuentra, en sus propias palabras, el único refugio que no exige permisos. “El oficio de las palabras” es un retrato íntimo (y a ratos irónicamente doloroso) de lo que significa crear mientras el mundo insiste en editarte.

Un texto para leer acostada, con luz tibia y un poco de calma, para recordar que también merecemos un rincón donde recomponernos la vida —aunque sea por unos minutos.

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 Mil gracias, 

Macu.Kitschmacu

domingo, 14 de diciembre de 2025

11:43 de la noche

 



A esa hora pasan cosas.

Cuando el ruido baja.
Cuando una se escucha.

Grabé algo.
Ahora está en Spotify: 
🎧 Kitschmacu. Habemus Podcast — Temporada 2.    <---- Clic ahí

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Nos escuchamos, nos leemos. 

Macu.Kitschmacu.


viernes, 14 de noviembre de 2025

Sábado


 Era tan temprano que aún no se escuchaban los camiones que pasan por el bulevar detrás de mi casa.

Tenía tanto sueño, pero le gané al despertador.

Abrí el clóset, busqué mi uniforme:
blusa azul cielo,
falda azul marino.

Primero la blusa.
El botón que va después del del cuello me lo abrocho primero; así evito que me quede chueca.
Luego la falda.
Blusa fajada, calcetas blancas, zapatos negros.
Lista.

No pasan los camiones. Qué raro.
Mis papás no se han levantado.
No se escucha a nadie en la cocina.
La luz de la escalera está apagada.

Cierro el clóset.
Me abrocho las agujetas.

Ayer fue la clase de deportes.
Después tuvimos la de la maestra Sarita.
Ayer fue viernes.

He madrugado el sábado.

Por eso no pasaban los camiones.
Por eso la cocina está en silencio,
la escalera oscura,
y mi casa durmiendo.

jueves, 13 de noviembre de 2025

Qué hacer cuando la nostalgia se antoja a chocolate Toblerone (guía breve)


 

⏱️ 1 min de lectura

Instrucciones para abrir un Toblerone cuando la nostalgia te pique

1. Rompe un triángulo, aunque no sea el más perfecto.

2. Muérdelo por la esquina, como si ese fuera el orden natural.

3. No pienses en la persona que te regaló el primero.

4. O sí. A veces se vale.

5. Recuerda que la nostalgia no engorda, pero sí aprieta.

6. Termínatelo con calma. Saboréalo. 

7. Y cuando acabes, piensa si el antojo era chocolate…
o un abrazo que no llegó.

Macu.Kitschmacu

✨ “A veces la dulzura que buscamos no está en el chocolate, sino en lo que nos recordó.” ✨
🍫 Más historias para antojos emocionales:
Explora mis textos, objetos, bueno recuerdos y pequeñas escenas que también hacen ruido.
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La casa de Johanna

 

La casa de Johanna es muy chiquita.

Hoy por la tarde fuimos a hacer la tarea ahí.
Digamos que está cerca de mi casa, pero más cerca de la casa de mi amiga Zulema.

Johanna vive en un departamento con sus papás y su hermana.
Se acaban de cambiar de casa.
Creo que su papá se quedó sin trabajo o algo así.
Es un lugar muy chiquito y con poquita luz.
El departamento está en un segundo piso, que más bien parece primero, porque el primero está como en un subterráneo.

Mejor hubiera hecho la tarea yo sola.
Pasan las horas y de plática mucho, pero de tarea nada.
No sé qué les da tanta risa a las demás.

Vanessa está sentada en el sillón; Dalia y yo nos miramos sin hacer nada, pensando en la tarea de biología.
Leonor y Johanna platican y se ríen.
Se conocen desde chiquitas, creo que son mejores amigas y se cuentan todo.

Johanna se siente muy bonita y les gusta a varios del salón.
Siempre se está riendo, aunque no le va muy bien con los maestros.
Tiene el cabello bonito y café.

Ya está oscuro.
Y nos tenemos que devolver caminando.

Macu.Kitschmacu

miércoles, 12 de noviembre de 2025

A ver, ven.

 


A ver, ven.

Seguro no estás haciendo nada.
Ayúdame y ve a echarle agua a la plancha, que tengo todo esto que planchar.
De veras que no piensan en uno, nomás enpuercan ropa como si una no tuviera otra cosa que hacer más que estar lavando y planchando.

Ve nomás…
Mal van a estar listas cuando otra vez hay que hacer lo mismo.
Ya ni la muelen, de veras.

Mira, échale agua a la plancha aquí, en este hoyito, pero agua de garrafón, porque con agua de la llave luego dicen que se echan a perder por el sarro.
Eso le pasó a una muchacha que trabaja conmigo: le echaba agua de la llave a su plancha y le duró bien poquito.

¿Ya?
Bueno.

Ahora ve y moja estos trapitos, y los exprimes bien.
¡Ve nomás cómo me los traes, estilando!
Vuelve a exprimirlos con ganas, que me van a mojar la ropa.
Con estos trapitos voy a marcar la raya de la manga de las camisas.

De veras, yo no sé cómo hay gente que va por la vida así, sin plancharse la ropa.

Exprime bien esos trapos, que yo no me puedo mojar porque estoy caliente por la plancha,
y luego salen reumas.

Los doctores dicen que no es cierto, pero por eso las señoras de antes duraban tanto: porque se cuidaban.

Ahora sí los dejaste bien.
Yo te hablo ya que necesite algo.
Vete a hacer lo que estabas haciendo.
Tráeme agua, ya me dio sed.

Macu.Kitschmacu