Volar en el Concorde.
Hasta el nombre era bonito.
Macu.Kitschmacu.

Recap íntimo y personal.
Aprendí a distinguir entre lo que quiero y lo que solo me distrae.
No todo lo que brilla merece mi energía.
Aprendí que no todo se comparte.
Hay cosas que se cuidan mejor en privado.
Aprendí a reconocer cuándo algo ya cumplió su función.
Personas, hábitos, ideas. Sin drama. Sin show.
Aprendí que la claridad llega después, siempre llega.
Primero se vive, luego se entiende.
Aprendí que puedo cambiar sin convertirme en otra persona.
Evolucionar no fue traicionarme.
Sí, eso fue.
Macu.Kitschmacu

Hace calor en diciembre.
Aquí el calor no se va nunca; se queda a vivir. Antes diciembre aflojaba un poco, como quien entiende el cansancio ajeno. Este año no tuvo esa delicadeza.
Me dormí un rato y desperté sin saber por qué. El insomnio no hace ruido al llegar, pero se instala. Trae pensamientos pequeños, casi ridículos, que uno mira de reojo y que, si no se cuida, acaban creciendo hasta ocuparlo todo.
El insomnio engaña. Hace creer que ese punto mínimo es el mundo entero. Por eso escribo: para no obedecerle.
Tal vez fue el viaje. Las maletas abiertas, los itinerarios, la idea de moverse de lugar siempre me dejan los ojos abiertos más tiempo del necesario.
En algún sitio ya cambió el año.
Aquí no.
Aquí sigue siendo lo mismo: el mismo calor pegado a la piel, la misma noche sin sueño, el mismo abanico insistente, y esta manera mía de ordenar las ideas para que no se me salgan de las manos.
Macu.Kitschmacu
Herencia de su abuelo y del abuelo de su abuelo, a quien claramente nunca conoció.
Belisario duerme boca abajo, con la cabeza ladeada a la izquierda, y una almohada encima.
Belisario siempre sueña y recuerda sus sueños, que son relativamente tranquilos y lo suficientemente ordinarios para repasarlos de buen agrado en la mañana.
La mañana empieza temprano, muy de mañana con el repiqueteo del teléfono que está sobre su mesita de noche.
Desde muy temprano piensa en la noche, esa que nunca alcanza para dormir y descansar. Piensa en que se sentirá despertar, así nomás sin repiqueteos, sin la carrera diaria con las manecillas del reloj.
El reloj, la marca, la carrera y la meta.
De pie, frente al espejo, de su baño endereza sus mechones de cabello. Todo y nada que un poco de agua, peine y fijador no coloquen en el lugar adecuado.
Belisario es un hombre atractivo, de esos con los que una tiene ganas de hacer el amor cuando lo ve vestido.
Camisa blanca impecable, botonadura, pantalón con pinzas, calzado de cuero lustrosísimo. Con su bonita voz de hombre.
Belisario el enigmático. Al que la vida lo hizo y lo hizo posiblemente muy bien.
El trabajo, ese que llamó desde temprano. Detrás de su mueble de madera, imponente. Despacha, decide, acuerda, compromete.
Una tras otra pasan las horas, las personas, las decisiones, las conversaciones.
Belisario el solitario.
La fatiga de encontrarse siempre a los mismos hombres, las mismas mujeres, las mismas frases, que termina por no querer conocer ni a uno más. Si te juntas con pendejos, al rato andas diciendo pendejadas.
El día se repliega. La camisa sigue blanca. El calzado, en silencio.
Belisario el correcto. No necesitas ser perfecto, con no equivocarte basta.
De vuelta al inicio, al nombre, al espacio conocido, a la cama, a ese mueble divino donde la gente no puede ocultar cómo es.
Belisario es.
Macu.Kitschmacu.
Mientras el tiempo pasa, la verdad se aleja.
Mientras… el café se enfría
y nadie se da cuenta.
El tiempo: tic, tac, tic, tac.
Antes a los relojes había que darles cuerda
para que no se atrasaran,
para que siguieran andando.
Pasa como pasa todo en la vida:
según cómo se mire
y con las ansias con las que se espere.
En ese segundo exacto.
La verdad —
según quién la cuente—
es solo eso:
una fracción pequeña de la realidad.
Y una parte tuya se queda observando.
Se aleja…
¿qué se aleja?
Macu.Kitschmacu
Suena un rap al fondo.
O algo que se le parece.
Nunca he sido buena para reconocer músicas; siempre me ha parecido que los instrumentos se disfrazan entre ellos.
Un clavicordio, una flauta dulce… ¿Quién puede saber?
Con los colores es distinto.
Ellos sí dicen la verdad.
Ellos no necesitan presentarse: uno los mira y entiende, aunque se parezcan, aunque brillen demasiado.
Pienso en eso mientras espero que den las ocho.
Hace frío y las luces navideñas hacen que la calle 42 respire distinto, como si quisiera sacudirse las prisas de todo el año.
La miro desde la ventana y me acuerdo de nosotros.
De cómo nos conocimos con esa torpeza bonita de las primeras veces.
De cómo nos fuimos olvidando, cada quien de a poquito, hasta que un día ya no nos reconocimos ni por la sombra.
Dos extraños unidos por el mismo miedo:
el miedo a que la soledad en compañía fuera la única forma posible de amor.
Qué locura cuando lo veo ahora.
Qué ilusión tan grande confundir eso con querer.
El camino de vuelta siempre es raro.
Al principio parece corto, pero pesa.
Después uno mira alrededor y siente que todos avanzan más rápido, más seguros, más felices, como si supieran adónde van y con quién.
Yo no.
Yo sólo sé que al final de cualquier distancia debería esperarnos la paz; una paz chiquita, tibia, de esas que caben en el hueco de la mano.
Pero, esa tibieza que empezó chiquita, luego va creciendo hasta ser tan suave, mullida y cómoda como una cobija invernal. Así es la paz creo.
Son las ocho con veinticinco.
Escribo la hora como quien deja constancia de que estuvo aquí, aunque nadie pregunte.
Siempre escribo las horas… quizá para guiarme.
Afuera sigue haciendo frío.
Las luces titilan como si me hablaran bajito.
Y yo me pregunto —sin saber por qué— qué estaría haciendo este mismo día, a esta misma hora, el año pasado.
Y el otro.
Y hace veintisiete años.
Pienso si aquella versión de mí podría decirme algo.
Algo sencillo, algo que sepa con certeza.
Algo que me haga entender que el corazón llega siempre a sus propias verdades.
Las propias, las únicas, las personales universales.
En mi universo que soy yo.
Macu.Kitschmacu.
Un cuento sobre el cansancio suave, la validación ajena y todas esas manos que opinan sobre nuestros colores sin haber visto jamás cómo late nuestro color por dentro. Entre licenciados, asistentes, correcciones y cambios caprichosos, se abre una rendija: la voz de una mujer que escribe para no perderse y que encuentra, en sus propias palabras, el único refugio que no exige permisos. “El oficio de las palabras” es un retrato íntimo (y a ratos irónicamente doloroso) de lo que significa crear mientras el mundo insiste en editarte.
Un texto para leer acostada, con luz tibia y un poco de calma, para recordar que también merecemos un rincón donde recomponernos la vida —aunque sea por unos minutos.
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Mil gracias,
Macu.Kitschmacu