
Pensaba ella que tenía muchas cosas que contar.
Pero para contar, primero, había que escuchar.
Escuchó.
Escuchó cómo el ser humano se conjuga a sí mismo
en verbos cansados,
en pasados que no se sueltan,
en oraciones que siempre terminan en yo.
La broma pasó frente a ella
con sonrisa prestada.
Vista de cerca, con el bisturí del oído,
no era broma:
era una herida pequeña
lanzada contra el amigo que también es enemigo.
Cosa de trincheras.
Luego vino el consejo.
Ese animal tímido que parece amor
y en realidad es miedo.
A fulanito le pasó lo mismo, dicen.
Haz lo mismo.
Y uno empieza a caminar una vida que no pidió,
con pasos ajenos,
con zapatos prestados.
Fulano y el aconsejado no se conocen.
Pero ya se heredan el destino.
Cosa de rutas seguras.
En las reuniones,
cada quien deja su dolor sobre la mesa
como quien deja el abrigo.
El jefe, la pareja, la ausencia,
los padres, los hijos,
los amigos que ya no están.
Se conversa el dolor.
Se brinda con él.
Se le canta.
Uno llega con un miedo.
Se va con cinco.
Y en medio queda la amistad,
temblando,
sin saber si une
o simplemente acompaña a los miedos.
Macu.Kitschmacu





