Herencia de su abuelo y del abuelo de su abuelo, a quien claramente nunca conoció.
Belisario duerme boca abajo, con la cabeza ladeada a la izquierda, y una almohada encima.
Belisario siempre sueña y recuerda sus sueños, que son relativamente tranquilos y lo suficientemente ordinarios para repasarlos de buen agrado en la mañana.
La mañana empieza temprano, muy de mañana con el repiqueteo del teléfono que está sobre su mesita de noche.
Desde muy temprano piensa en la noche, esa que nunca alcanza para dormir y descansar. Piensa en que se sentirá despertar, así nomás sin repiqueteos, sin la carrera diaria con las manecillas del reloj.
El reloj, la marca, la carrera y la meta.
De pie, frente al espejo, de su baño endereza sus mechones de cabello. Todo y nada que un poco de agua, peine y fijador no coloquen en el lugar adecuado.
Belisario es un hombre atractivo, de esos con los que una tiene ganas de hacer el amor cuando lo ve vestido.
Camisa blanca impecable, botonadura, pantalón con pinzas, calzado de cuero lustrosísimo. Con su bonita voz de hombre.
Belisario el enigmático. Al que la vida lo hizo y lo hizo posiblemente muy bien.
El trabajo, ese que llamó desde temprano. Detrás de su mueble de madera, imponente. Despacha, decide, acuerda, compromete.
Una tras otra pasan las horas, las personas, las decisiones, las conversaciones.
Belisario el solitario.
La fatiga de encontrarse siempre a los mismos hombres, las mismas mujeres, las mismas frases, que termina por no querer conocer ni a uno más. Si te juntas con pendejos, al rato andas diciendo pendejadas.
El día se repliega. La camisa sigue blanca. El calzado, en silencio.
Belisario el correcto. No necesitas ser perfecto, con no equivocarte basta.
De vuelta al inicio, al nombre, al espacio conocido, a la cama, a ese mueble divino donde la gente no puede ocultar cómo es.
Belisario es.
Macu.Kitschmacu.

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